César Milstein

César Milstein (1927-2002)

No fue el primero, pero quizás por la trascendencia que alcanzó después fue un caso emblemático de los jóvenes científicos argentino que debieron sufrir el exilio político-científico. Sin dudas formó parte de la llamada “fuga de cerebros” que aludía a la emigración de científicos víctimas de la censura, represión y frecuentes intervenciones militares de aquella época, al día de hoy donde la falta de prepuesto estatal desalienta el desarrollo científico de la investigación básica.

Milstein, procedente de Bahía Blanca, ingresó en 1945 a la carrera de Química de la Facultad de Ciencias Exactas en la UBA. En un clima de gran movilización estudiantil, fue presidente del Centro de Estudiantes de Ciencias Exactas por la agrupación Juventudes Libertarias contraria a la privatización de la educación y a la política universitaria del gobierno, demostrando un compromiso con la educación y una idea de transformación social. Se graduó en 1952 y en el 56 obtuvo el Doctorado en Química y un premio especial por la Sociedad Bioquímica Argentina.

Al poco tiempo fue nombrado como investigador en el Instituto Nacional de Microbiología “Carlos Malbrán”. Sin embargo, con el golpe militar de 1962 emprenderá su definitivo exilio a la ciudad de Cambridge –Inglaterra- donde continuará sus investigaciones como un aporte al conocimiento de la humanidad. Milstein que no había sufrido sanciones, renunció a su cargo en solidaridad porque el Instituto Malbrán fue intervenido y parte de su equipo fue cesanteado por los militares.

En el exterior trabajó a la par de Frederick Sanger que había determinado la secuencia de aminoácidos de la insulina. Aquí Milstein profundizó en los mecanismos del sistema inmunológico. Es aquí donde obtendría su gran hallazgo que le valió a Milstein el Premio Nobel al producir una revolución en el proceso de reconocimiento y lectura de las células y de moléculas extrañas al sistema inmunológico. Los anticuerpos monoclonales pueden dirigirse contra un blanco específico y tienen por lo tanto una enorme diversidad de aplicaciones en diagnósticos, tratamientos oncológicos, en la producción de vacunas y en campos de la industria y la biotecnología.

En 1984, Milstein compartió el premio Nobel de Fisiología y Medicina con el británico Niels K. Jerne y el alemán Georg Kölhler, por sus trabajos en el desarrollo de anticuerpos monoclonales como especies moleculares puras.

Un nuevo gesto con su investigación lo vuelve un ser consecuente ya que Milstein no registró ninguna patente por su laureado descubrimiento, pues pensaba que era propiedad intelectual de la humanidad y como tal lo legó. De acuerdo a sus convicciones, su trabajo carecía de interés económico y sólo poseía interés científico. Quizás con cierta melancolía sobre su tierra natal dijo “había una gran explosión científica en la Argentina de principios de los años 60, y eso hubiera tenido una enorme importancia, con o sin premio Nobel, en el desarrollo tecnológico y en la biotecnología”. Lamentablemente los militares se encargaron de apagar esa explosión.

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